Aterrizar en los mercados de la Costa Chica de Guerrero, caminar por los tianguis de la Ciudad de México o escuchar la plática cotidiana en un pueblo de los Valles Centrales de Oaxaca es presenciar una lección de lingüística en tiempo real. En esos rincones no hay diccionarios de pasta dura ni sesudos académicos dictando cátedra con toga y birrete. Lo que hay es un idioma vibrante, con ritmo, maña y una capacidad infinita para adaptarse al entorno.
A quienes nos hemos dedicado a la enseñanza de la gramática y al análisis del lenguaje nos toca ver con frecuencia una fascinación —y a veces un temor desmedido— por lo que dicta la Real Academia Española (RAE). Sin embargo, cuando observamos el mapa lingüístico real de nuestro país, salta a la vista una verdad contundente: el idioma no nace en Madrid ni se valida en sus gabinetes; se inventa todos los días en la calle.
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| El choque cultural y lingüístico: Chilangos y costeños confrontan la norma académica que intenta imponerse sobre el habla viva y cotidiana de las calles de México. |
1. La ilusión del centralismo lingüístico peninsular
Durante siglos se nos ha vendido la idea de que la RAE es una especie de «policía del lenguaje», un tribunal supremo encargado de otorgar o negar el certificado de validez a las palabras. Pero desde una perspectiva sociolingüística y descriptiva, la Academia no es más que una notaría pública: registra —por lo general con décadas de retraso— los usos que las comunidades hablantes ya han consolidado o desechado.
Pretender que un organismo establecido en España dicte las pautas de cómo debemos expresarnos en el tianguis de Tepito o en una comilona en Chilpancingo resulta, por decir lo menos, anacrónico. El español de México es hablado por más de 120 millones de personas; numéricamente y culturalmente, el peso de la lengua hispana reside en este lado del Atlántico.
2. El sustrato indígena y la geografía del habla suriana
La RAE y los libros de texto suelen pasar por alto el peso real de nuestros pueblos originarios. La forma en que pronunciamos, el ritmo al hablar y las palabras que usamos a diario en el centro y sur del país nacen directamente del contacto con el náhuatl, el zapoteco, el mixteco o el amuzgo.
- En la CDMX: La cantadita chilanga, la profusión de diminutivos y el arte del albur urbano llevan la marca indeleble de una resistencia cultural que modeló el idioma a nuestra conveniencia.
- En Guerrero y Oaxaca: Expresiones costeñas y vocablos que no vas a "jallar" en ningún tomo académico poseen una precisión conceptual envidiable. Decir que alguien está atutuñado o nombrar las cosas por su colorido local responde a una geografía y a una psicología social particulares de nuestros pueblos. Y no necesitamos doctos que nos vengan a decir qué está bien y qué está mal en nuestras expresiones.
Cuando la norma académica de España califica los usos de nuestros vocablos como "vulgarismos", "barbarismos" o "regionalismos desusados", no está haciendo una evaluación lingüística; está ejerciendo un prejuicio de clase y de geografía. Esto es una reminiscencia del colonialismo que han sufrido nuestros pueblos.
3. Descriptivismo vs. Prescriptivismo: La calle siempre lleva la delantera
En el aula y en la vida cotidiana conviene distinguir dos posturas ante el idioma:
- El prescriptivismo: Pretende imponer cómo debería hablar la gente según reglas fijas e inmutables.
- El descriptivismo: Analiza cómo realmente habla la comunidad y entiende que el idioma es un organismo vivo que evoluciona por necesidad comunicativa.
Si la gente en la Costa Chica o en el barrio bravo necesita nombrar una realidad específica, crea la palabra. La palabra circula, se contagia, cumple su función social y se queda. Que la RAE la reconozca dentro de treinta años en su versión digital es un mero trámite burocrático que a la gente en la calle le tiene sin cuidado... Y a mí también. Le tiene sin cuidado a los escritores del barrio que reflejan el caló y el habla popular, esto que tanto molesta a los "doctos" de la Academia.
Armando Ramírez, uno de nuestros imprescindibles escritores ñeros, se pasaba a la RAE por el arco del triunfo para retratar en sus relatos el habla chilanga tepiteña, ese lenguaje vivo que las academias tardan años en recoger o etiquetan despectivamente. La pregunta obligada es: ¿por qué México debe obedecer las directrices del "buen decir" de la RAE si lo que nosotros hablamos es un español mexicano lleno de picardía, metáfora y frases coloridas que ellos no entienden porque, sencillamente, les falta andar y vivir las calles de México? Es hora de poner un alto al colonialismo cultural que España aún pretende ejercer sobre los pueblos a los que en el pasado despojó.
4. El español de México y el reto del español ELE
Como profesor de español como lengua extranjera (ELE), suelo repetirle a mis estudiantes una lección fundamental: aprender español no es solo memorizar la conjugación de los verbos según el molde peninsular. Para entender verdaderamente a México hay que comprender sus códigos locales, sus inflexiones y la picardía implícita en su comunicación cotidiana.
Por ejemplo, nosotros no decimos "me voy a duchar", sino "me voy a bañar". He oído a algunos mexicanos adoptar el "vale" peninsular (el equivalente al OK anglosajón), cuando nuestra expresión auténtica es "órale" o "va". Muchos estudiantes de español para extranjeros se dan de topes cuando se enfrentan al español real de México y Latinoamérica porque en las academias les enseñan un español ficticio e impostado. Me gusta ver la cara de sorpresa de mis alumnos cuando les quito la venda y les digo que eso que en España llaman "camiseta" en México es playera, y que la "chaqueta" aquí es chamarra (y que "chaqueta" en México significa algo muy distinto).
La RAE ha extendido sus tentáculos incluso en la enseñanza del español como segunda lengua. Pero como mexicano y conocedor de nuestra lengua viva, a mis estudiantes les muestro el auténtico idioma de la calle. Un alumno que solo conoce el estándar de diccionario se queda ciego y sordo cuando sale a caminar por la CDMX, Oaxaca o Guerrero. La verdadera riqueza de nuestro idioma radica en sus matices regionales, en su diversidad y en su rotunda falta de uniformidad.
Conclusión: La verdadera autoridad es la comunidad hablante
No se trata de declarar una guerra absurda a las normas ortográficas que nos permiten entendernos por escrito a nivel global; la ortografía es un pacto de convivencia útil. Sin embargo, en lo tocante al léxico, la sintaxis expresiva y la identidad cultural, la RAE no manda en la calle. En México, mandamos los mexicanos en el uso de nuestros vocablos y expresiones: que quede claro.
El español de la Ciudad de México, de los pueblos guerrerenses y de las serranías oaxaqueñas no pide permiso para existir. Se habla, se canta, se alburéa y se disfruta todos los días con el orgullo de saber que la lengua pertenece a quien la trabaja en el cotidiano andar.
Y tú, ¿qué opinas de cómo actúa la RAE sobre la normatividad de lo que "debe" y "no debe" decirse en México? Déjame tu comentario abajo.
Sobre el Autor: Javier Torres Aguilar
Profesor de gramática, redacción y español para extranjeros. Creador de Mexi, un espacio dedicado a la crónica cultural y el análisis de la jerga mexicana desde la perspectiva de un chilango en provincia.

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